Por Isabel Gómez Muñoz
A partir del golpe de Estado en la literatura chilena se produce una fragmentación, esta bifurcación histórica se expresó a través de una diáspora, manifestándose mediante las voces que tuvieron que partir al exilio y aquellas que se quedaron en el país y que fue denominada por Grínor Rojo como el in-xilio y en cuya primera etapa observamos una literatura testimonial que intentaba dar cuenta de lo que estaba sucediendo, tanto dentro como fuera del país. Posteriormente se suma a esta etapa una segunda fase de reflexión en torno al destino de Chile desde una mirada colectiva, desentrañando nuevos lenguajes adquiridos a partir de la experiencia del exilio.
El viejo que subió un peldaño (Sello Lagar, Editorial Signo, 2025) es una novela que nos invita a reconfigurar aquellos escenarios, inspirada en ciertas voces del canto nuevo, cuyo proyecto político llenó de sentidos los escenarios, en un país donde estaba vedado soñar e imaginar otros mundos posibles.
En nuestro país, a partir del triunfo de la UP se articuló un movimiento político, cultural y social de enormes proporciones. Las expresiones populares tuvieron un auge en todas direcciones, las artes y las culturas fueron el elemento escogido para hablarle a un pueblo que estaba llano a escuchar y resignificar su existencia.
En esta novela; El viejo que subió un peldaño, respiramos lugares, sensaciones y emociones que existieron y que vuelven a cubrir de nostalgia nuestros paisajes interiores, quizás en la búsqueda de vidas y territorios que un día fueron testigos del nacimiento de algo distinto, repleto de una identidad que se manifiesta, entre el ayer y el hoy, como un recuerdo que viaja con nosotros y se proyecta en la búsqueda de nuevos imaginarios.
En estas páginas el personaje principal, el Polaco se proyecta en un viaje en busca de sus propias raíces, su cuerpo vencido por una historia que existió y que nos significa y que sin embargo, lo deja indefenso, cabizbajo, ante una vida extraña, ajena a su propia realidad. Aquí navegan instantes y tiempos que se diluyen y vuelven a florecer, proyectándonos como espejos que reflejan nuestros cuerpos cansados, pero aun con esperanzas que se ocultan en los muros de una ciudad, como esperando el momento propicio para mostrarse diáfano, imperecederos, allí donde la dignidad construye los puentes para que la memoria traiga de vuelta a los olvidados, a los indefensos, a los humildes, a todas las voces que fueron silenciadas, truncadas en su afán de permanencia.
El viejo que subió un peldaño dialoga con una historia que se resiste a ser olvidada. El Polaco nos traslada hacia manifestaciones, ambientes, espacios que ahondan en las profundidades del ser social, en las raíces de la tierra donde subyacen personajes, circunstancias, historias que luchan por revivir la única identidad posible, aquella que indaga en los sueños que vuelven a ordenarse a partir de nuestras propias sensaciones de vida.
El retorno del Polaco quizás sea el retorno de nuestra propia esperanza que ha anidado oculta en las zonas más recónditas de nuestra existencia.



Agregar un comentario